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Mi primera chamba: lo que la carpintería me enseñó sobre programar

Luis Hernández9 de abril de 20243 min
Mi primera chamba: lo que la carpintería me enseñó sobre programar

Barrer el taller: la guerra contra el aserrín

Mi primer día de trabajo, mi papá me dio una escoba.

“Barrer el taller es tu primera tarea”.

En ese momento me pareció absurdo. Yo quería usar herramientas, cortar madera o construir algo. No pasar horas peleando contra el aserrín.

Después entendí que el taller nunca podía funcionar en medio del desorden.

El aserrín se metía en todos lados: en las máquinas, en las herramientas, en la ropa, en la nariz.

Con el tiempo me acostumbré tanto al olor de la madera que podía reconocer algunos tipos solo por el aroma.

Sin darme cuenta, aprendí algo que años después volvería a ver en programación: los pequeños detalles importan más de lo que parecen.

Ordenar las herramientas

Después de barrer, tocaba ordenar herramientas.

Cada cosa tenía su lugar.

Mi papá tenía distintos martillos para distintos trabajos. Uno para clavos, otro para madera y otro para metal. Yo pensaba que un martillo era solo un martillo.

No lo era.

Con el tiempo entendí que gran parte del trabajo consistía en saber qué herramienta usar y cuándo usarla.

En software pasa algo parecido.

Hasta abrir la puerta tenía técnica

La puerta del taller tenía su truco.

Había que girar la manija mientras empujabas con el pie porque la madera se hinchaba con la humedad y a veces se trababa.

Era una tontería, pero me hizo entender algo simple: incluso las tareas más pequeñas tienen técnica.

Eso también termina pasando cuando programas.

El torno y mi primer producto

Después llegó el torno.

Mi primer proyecto fue un bate de béisbol hecho con madera de apamate.

Todavía recuerdo las astillas saliendo disparadas mientras la madera giraba. Ahí aprendí por qué mi papá insistía tanto con las gafas y la protección.

Un pequeño descuido podía lastimarte.

También fue la primera vez que vi cómo algo empezaba siendo un bloque tosco de madera y terminaba convirtiéndose en un objeto real.

Creo que ahí empezó mi obsesión por construir cosas.

El hijo del carpintero ebanista

Mi papá nunca se definió como carpintero.

Era ebanista.

Y para él había una diferencia importante.

No se trataba solo de hacer muebles. Se trataba de hacerlos bien.

Las esquinas. Los detalles. Los acabados. La paciencia.

Un ebanista podía pasar días corrigiendo algo que otra persona ni siquiera notaría.

Muchos años después terminé viendo la misma diferencia en software.

Hay código que solo funciona.

Y hay código hecho con oficio.

La skill más importante que aprendí

La skill más importante que aprendí fue entender que nadie nace sabiendo construir cosas.

Mi papá podía ver un mueble terminado e intentar replicarlo. A veces salía bien. A veces no.

Pero repetía el proceso una y otra vez hasta entender la técnica.

Equivocarse era parte del trabajo.

Un corte mal hecho. Una medida incorrecta. Una pieza que no encajaba.

Todo eso enseñaba algo.

En software pasa exactamente lo mismo.

La mayoría de las cosas que sé hoy vienen más de romper, rehacer y corregir que de haber leído documentación.

Mi papá trabajaba la madera hasta convertirla en algo fino.

La persona que más me enseñó sobre programación nunca escribió una línea de código.

Era ebanista.